EL PERDON
Tengo
heridas en el alma que, a pesar de mi edad otoñal, aún no han cicatrizado.
Las he ignorado por años con la
esperanza de que el olvido, algún día, las pudiese curar. Creía, vanamente, que
sepultadas en la indiferencia eventualmente terminarían sanando.
Pero he terminado por comprender que no ha
sido ni será así.
Han
empezado a resurgir con un dolor añejo, envolvente e insoportablemente
intenso.
Y con una factura pendiente de capital e intereses acumulados que exige
ser saldada. Es un reclamo existencial que, de forma tiránica, me exige cancelación y con intereses acumulados.
Y no ha
sido sino hasta este momento, con profunda humildad, que he comenzado a aceptar que la única forma de pagar esta pesada deuda es con la moneda del
perdón. Pero, además del perdón que pueda pedir a los demás, es el perdonarme a mí mismo lo que me es vitalmente importante.
Solo así lograré estar en paz conmigo y con los demás.
¡La realidad es que he entendido que mi
"YO" es tanto el prestamista como el deudor!
Sé que el
perdonarme es la única forma digna que tengo, por más difícil que ello sea de entender, para al
fin poder vivir y disfrutar los cielos claros y las noches estrelladas que aún
me esperan en este otoño, ya casi invierno, de mi existencia.


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