FLOR MARCHITA

 

Su belleza era insondable.

Con gran cuidado la coloqué en un florero de cristal y le di el centro de la mesa de madera que tengo en mi sala. A diario le cambiaba el agua y le limpiaba el polvo y las impurezas que le caían durante la noche.

¡Todos los días la sacaba al jardín para que sus hojas las bañara la vivificante luz de la mañana!

Le hablaba. Le contaba de mis noches y mis días. Creo que hasta la nombré con el iluso afán de hacerla mía.

Sí. La nombré con tu nombre...

Hice todo lo que pude para que no se marchitara pero, al final, todo fue inútil. Era solo una flor con unas cuantas hojas verdes y brillantes, pero sin tallo ni raíces. Y es que, en mi afán por revivir una flor de tan apabullante belleza, no me di cuenta de que lo que realmente trataba de hacer era mantener vivo un amor imposible que ya se había ido.

¡Y ambas batallas, finalmente, las perdí miserablemente!

La flor, ya seca, la he guardado entre las páginas de algún vetusto poemario que no he vuelto a leer. Y aquel amor, yermo y marchito, ha quedado enterrado en alguno de los capítulos de un libro que aún no termino de escribir:

¡Mi vida!

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