LA CASONA ABANDONADA
Para cualquiera sería difícil caminar por ese espeso bosque si no se conoce bien el camino.
Pero no lo es para mi. Sus trillos y recovecos, desde mi adolescencia, me son viejos conocidos.
Al doblar el ancho codo del río pausado y virginal, se llegaba al claro
cubierto de un pastizal verde y sedoso donde estaban sentadas las viejas
ruinas de una casona de la que nadie sabía nada. Alguna vez estuvo
llena de vida, de familia y voces. Pero tenía tanto tiempo abandonada
que el anonimato de aquellos que entonces la llenaron, se había disuelto
en un silencioso olvido que se impregnaba en sus paredes roídas.
Un musgo resbaloso servía de escudo a aquellas ruinas blanquecinas que
desafiaban la imaginación, mientras que en el solar, amplio y acogedor,
un rojizo óxido cubría lo que parecía lo que alguna vez fue un molino de
trigo.
Los nombres de los que antaño vivieron ahí pueden estar en algún viejo
archivo municipal, pero no lo apostaría pues, en aquella zona tan
alejada de todo contacto humano, sería un milagro que alguien alguna vez
hubiese anotado un nacimiento, una fecha y una dirección a la que nadie
sabía cómo llegar.
Hoy, una vez más, he regresado.
Hoy, una vez más, he regresado.
Yo encontré estas ruinas en mi juventud, y ahora - a medio camino de mi
otoño - todavía recuerdo claramente como caminar el espeso bosque para
llegar hasta acá. Y aún necesito venir aquí porque sé que nadie me
espera. En este lugar revivo mis lazos con mi pasado, con mi soledad y la ausencia.
Y es que hoy, más que nunca, siento con incontenible fuerza esa
necesidad de volver a estar a solas conmigo y poder hablar, de forma íntima, con
los fantasmas, los recuerdos, los anónimos y los olvidados.
Solo así he podido, después de tanto ignorar y renegar, comprender y aceptar mi mortalidad...
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