MUNDO FELIZ
Caminé
toda
la mañana por la ciudad intentando encontrar algo que no tenía claro lo
que era. Sentía la necesidad de darle satisfacción a un sentimiento
indeterminado que, hacia días, me estaba agobiando. Caminé calles,
avenidas, parques, iglesias y plazoletas hasta que, al detenerme de
repente en aquella intersección, sentí la certeza de que por fin lo
había hallado.
¡Y fue como
descubrirme a mí mismo!
El tránsito
vehicular y humano era intenso y asfixiante, como lo era también aquel calor
plomizo que caía inmesericorde al medio día. Pasaron ante mis ojos cientos, sino miles, de
personas y vehículos al tiempo que el asfalto gemía sus vapores de hastío. Las
luces de los semáforos cambiaron una infinidad de veces de color durante las horas que
pasé anclado en aquella esquina observando, mientras paulatinamente me sumergía
en el más abyecto anonimato, el creciente devenir de la marea de gente y vehículos.
Todos,
apretujados y presurosos, íbamos o veníamos de algún lugar. Eso era lo
normal; más en estos tiempos vertiginosos y en una ciudad tan caótica
como San José.
Y
noté, con pesadumbre, que lo normal no era lo importante. Lo
interesante de aquella imagen era que a ninguno de nosotros parecía
importarnos. Todo era relativo y en movimiento. Y todo se justificaba en
el
imperativo de una ausencia fantasmalmente existencial.
¡Parecía
que nos movíamos, al unísono, en una ausencia absoluta! ¡En un tiempo infinito pero vacío!
Estábamos
atados a nuestros dispositivos por cordones umbilicales amamantados
por invisibles y despóticos tentáculos que brotaban de una adicción
maléfica. Y los
pocos desconectados denotaban su ansiedad revisando continuamente su
pantalla
de colores, como zombis a la espera de su dosis de “soma” para no sentir
la angustia
del “no pertenecer”, o para no caer en el abismo del terror de NO saber
si habían sido eventualmente olvidados. Las dimensiones de una ciega
intuición se anulaban en ese punto intrascendente que cada uno de
nosotros era.
El todo
seguía moviéndose al ritmo de su relativizada moralidad, mientras nuestras vidas se iban
quedando mudas. Habíamos perdido la conexión vital entre nosotros y entre
nosotros y el mundo, y lo más irónico era que nuestra conciencia no solo lo
sabía y lo permitía, sino que lo exigía con la insistencia del adicto irremediable. El imperativo de la decadencia...
¡Jugábamos
rayuela en un mundo feliz sin darnos cuenta de que, por largo tiempo,
habíamos estado hipotecando nuestra dignidad y nuestra libertad!
En aquella intersección de calles, en un lúcido instante, descubrí que yo también era un
observador conectado, anónimo y solitario atrapado en ese drama.

/arc-anglerfish-arc2-prod-gruponacion.s3.amazonaws.com/public/XGHT63DYLBDGDAKRIYTDSGQQX4.JPG)
Comments
Post a Comment