CUANDO ME CONVERTI EN ABUELO


Yo era un fiel creyente del axioma "Si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie". Con el pasar de los años creí que lo implementaba rigurosamente, pero, en realidad, solo estaba cumpliendo con el postulado inicial.

En otras palabras, ¡me amaba demasiado!

No me percataba, supongo que por mi descomunal soberbia, de que la otra variable del axioma no me funcionaba correctamente. Había algo que no encajaba nada bien ni en mi ecuación existencial ni, por supuesto, en mi vida.

Un día de esos lluviosos de Noviembre, cuando ya el invierno estaba por llegar a su final, la vida - siempre llena de misterios y a las puertas del Hospital Calderón Guardia por donde salían los dados de alta - me dio la más grande lección de mi existencia. 

Una personita me miraba fijamente con sus inocentes y enormes ojos negros mientras yo le acariciaba la barbilla y le hablaba con ese lenguaje espontáneo - y deliciosamente ridículo - que solo los abuelos entendemos. De un momento a otro, se sujetó fuertemente - sin dejar de verme – a mi índice derecho con su manita recién nacida. Me quedé completamente mudo mientras un escalofrío recorrió todo mi cuerpo hasta penetrarme las más profundas fibras del alma. Mi hija, excepcional testigo, vio mis lágrimas de emoción rodar por mis mejillas.

¡Fue un momento electrizante que pudo haber durado solo dos o tres segundos, pero para mí fue sencillamente una eternidad!

Aún hoy, cuando ya tanta agua ha cumplido su ciclo y que mis hijas me han convertido en abuelo una y otra vez, recuerdo y siento cómo esa inocencia primigenia me aprisionó. Y eso fue todo lo que sucedió, pero fue todo lo que se necesitó para que "toda mi vida” cambiara completamente de rumbo.

¡El amor me arrastró como trapo en un tsunami y arrasó con todos aquellos “sólidos” cimientos y preceptos por los que había vivido hasta aquel momento!

Después de aquel día, y a medida que el tiempo acumulaba meses y años, se me hacía cada vez más claro lo equivocado que había estado. Lo equivocado de mi interpretación del axioma que me había regido hasta ese instante milagroso porque, por el contrario, es amando a los demás como aprendes a darle sentido y valor a la vida.

Comprendí, con gran agradecimiento, que la vida no es cuna para egoísmos, sino la alternativa que Dios nos da para aprender que son el amor y la esperanza los motores que definen nuestro camino. Es por ello que desde entonces vivo convencido de que no debemos, bajo ninguna circunstancia, desperdiciar en egoísmos este tan extraordinario milagro.

¡El convertirme en abuelo me enseñó a vivir y me abrió el espíritu a la alegría de entender el profundo significado del verbo "amar"!

 

 

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