COCAL DE PUNTARENAS
Ya hacía años que quería caminar por aquellas calles y volver a embriagarme del aroma del viejo barrio donde pasé mi niñez y parte de mi adolescencia. Fue una caminata corta, de no más de 45 minutos. Caminaba despacio, con la esperanza de encontrarme con alguien conocido y sentarnos a recordar aquellos días que ya hace casi 50 años que se fueron. Mi viejo barrio sigue allí a pesar del tiempo transcurrido. No es el mismo, pero debo reconocer que ha sabido absorber los años y los cambios con elegancia y sin remordimientos.
Las calles, otrora de arena y piedra, hoy son de asfalto y están protegidas y engalanadas por las sombras de sus vetustos almendros, aquellos donde incontables generaciones de “chorchas” han llegado a anidar. Aún están las mismas casas, algunas de ellas remodeladas, y las mismas familias, pero no las mismas caras. Muchas se han ido con el viento… entre ellas, mi padre, mi madre y tres hermanos.
Eso sí, todas las casas que una vez tuvieron ventanales y jardines abiertos hoy están cargadas de rejas o rodeadas de tapias de piedra, cemento o mallas de metal coronadas con cabeceras de tejas falsas o con alambres de púas o navajas. Un claro recordatorio de que estos son tiempos difíciles en los que creemos vivir libres, pero, en realidad, somos prisioneros de nuestros temores.
Y el barrio
ha crecido también. Ahora hay edificaciones de apartamentos y oficinas donde
una vez hubo lotes baldíos. Ahí donde jugábamos “policías y ladrones” o las
tradicionales e interminables “mejengas” que acababan cuando la tarde ya no era
tarde y la noche aún no llegaba o, simplemente, cuando ya no podíamos ver la bola o cuando la imperiosa voz de mi madre nos llamaba a cenar.
Ya no hay “pulperías” familiares, sino “mini-supers” propiedad de chinos; y la soda de la esquina que fue obligado punto de reunión de la muchachada donde conversábamos mientras tomábamos un refresco o disfrutábamos de un helado de palillo, hoy es un moderno restaurante también propiedad de un oriental.
¡Hasta el sabroso olor a pan dulce con queso recién horneado en la casa de las Johnson se ha disipado en las brumas del pasado y de la mano de una panadería de una cadena nacional!
¡Si supieran lo enamorado que estuve de una de ellas…!
Un sitio emblemático de nuestra juventud también ha desaparecido, y con él desaparecieron los primeros besos que le anunciaban a una inocencia juvenil la llegada de su final: el malecón que rodeaba al estero y sus manglares. En su lugar, y en el lugar donde se levantaban imponentes las colinas de granza amarilla de "Barbitas", construyeron bodegas y un muelle donde llegan a descargar los barcos pesqueros. Supongo que el romanticismo que invadió mi adolescencia aún lo llevo en el malecón que rodea mis recuerdos.
Pero hay cosas que perduran y se resisten obstinadamente a desaparecer: la Escuela Mora y Cañas, el olor salino del estero, los ancianos almendros y el orgulloso tamarindo que aún está en lo que una vez fue el “solarón” de mi casa. Aún están allí los ecos de las voces de mis padres, de mis hermanos, las ruinas de la vieja casona, el chillido de los murciélagos y los hicacos, jocotes y marañones en flor.
Mi viejo barrio porteño aún está allí donde lo dejé. Está cargado de años y nostalgias. Y aunque me unen a él infinitas emociones, también con tristeza entiendo que nuestros caminos y ausencias ya hace tiempo que no son los mismos. Entiendo, con la sabiduría de mis años plácidos, que a pesar de que hemos tomado rumbos diferentes y es probable que muy esporádicamente nos volvamos a encontrar, guardaré por el resto de mi vida su vigor, su calor y su aroma.
¡Y viviré hasta mi último suspiro esta imperecedera gratitud a ese Puntarenas cadencioso, sincero y lleno de recuerdos que no habrá de volver…!
Publicado por primera vez en Faceboos el 4 de abril del 2015.

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